domingo, 25 de septiembre de 2016

~Relato~ Te marchas



Abres la marcha como siempre y yo te sigo, feliz como nunca. Me encanta cuando nos alejamos de la ciudad, pues hasta hueles distinto, a energía renovada, a libertad. Pero hoy sigues siendo la misma que llega tarde del trabajo, que me rechaza cuando quiero consolar su llanto. Hasta tus gritos suenan igual. No entiendo qué he hecho mal esta vez. Me acurruco en un rincón a esperar tu perdón, pero sin apenas mirarme regresas al coche. Y te marchas. 

Palabras propuestas: quiero, pues abres.





Dalayn
Lectora por vocación. (Medio) arquitecta por amor al arte. Soñadora de mundos y hacedora de historias. Escribo porque me hace feliz.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

~Reseña~ Justicia Auxiliar, o la crisis de identidad de un imperio





En un planeta helado y remoto, una soldado llamada Breq se está acercando al cumplimiento de su misión. En el pasado, Breq era Justicia de Toren, una crucero de batalla colosal con una inteligencia artificial que conectaba a miles de soldados que servían al Radch, el imperio que había conquistado la galaxia. Pero ahora está sola, con un único y frágil cuerpo humano para alcanzar el destino que lleva persiguiendo veinte años.


Justicia Auxiliar es la primera novela de la trilogía El imperio del Radch de Ann Leckie, seguida por Espada Auxiliar y Misericordia Auxiliar (títulos temporales ya que ninguna de estas dos han sido traducidas aún al castellano). Aun así, es prácticamente independiente y se puede leer con tranquilidad sin estar atado a futuras entregas.

No he puesto la sinopsis comercial del libro, pero si en algún momento os decidís a leerlo, mi primer consejo es: no la leáis. No leáis la sinopsis ni el prólogo, buscad el índice e id directamente al primer capítulo, en el que Breq encuentra a una antigua teniente que todos daban por muerta desfallecida sobre la nieve. ¿Por qué? A mi modo de verlo, en la novela se tarda tanto en desvelar la razón de la misión de la protagonista que merece la pena permanecer con esa incógnita en suspenso hasta que se revele. Si no, pasaréis un tercio del libro preguntándoos cuándo narices llega «el por qué de todo». Y aunque el viaje es interesante en sí mismo, desconocer el dato es un plus (o esa es mi opinión, al menos).

Porque, al fin y al cabo, la novela está llena de misterios que se van desentrañando poco a poco, ya no solo sobre el pasado de Breq, sino también sobre la propia ambientación. El Imperio del Radch es una vasta organización política en continua expansión por el universo. De hecho, parte de la acción (la del pasado de la protagonista) se sitúa en una de las «anexiones», es decir, la incorporación de un planeta al Imperio. Conforme avanza la historia iremos descubriendo y comprendiendo la estructura y los entresijos de la sociedad radchaai, en la que destaca un aspecto de gran importancia: la falta de distinción de sexo entre sus miembros. Es decir, las radchaais (y ahora entenderéis por qué digo «las»), no distinguen entre hombres o mujeres, así que por defecto se refieren a los demás como «ellas».


Esto le va a servir a Leckie como excusa para que el lector se replantee una cuestión muy interesante: la trascendencia del sexo en los personajes*. Las radchaais no le dan importancia al sexo de la gente, ¿nosotros sí? A lo largo de la novela descubriremos que a nosotros también deja de importarnos, dejaremos de intentar averiguar el sexo de los personajes que aparecen (aunque es un ejercicio muy interesante, debo decir), porque en una primera lectura centrarse en eso puede resultar más lioso que esclarecedor. Porque da igual si los personajes son hombres, mujeres, trans o lo que sea, todos son personas y actúan como tales; el sexo es intercambiable (como debería ser salvo determinados casos). Además, en castellano (a pesar de algunos errores en la traducción) nos hace plantearnos algo muy de actualidad como es el uso del masculino genérico. Se puede estar de acuerdo o no en que invisibiliza a la mujer, pero tras leer una novela con un genérico en femenino comprobamos que nuestra tendencia es pensar en primer lugar en los personajes como mujeres, cuando la mayor parte de las veces no lo son (aunque esto precisamente es algo que no me ha terminado de convencer, no concreto más porque sería espóiler).

Esta no es la única (aparente) metedura de pata de la autora en la novela, aunque las combina con puntos muy fuertes. Además de la no distinción de sexo, Leckie maneja con soltura el tema de la identidad en algo tan complejo como una IA con diferentes cuerpos. En primer lugar, se vale de ello para manejar un narrador omnisciente con bastante soltura, cambiando continuamente de perspectiva de una manera que a mí me pareció muy lograda; al principio sorprende, porque no hay diferencia gráfica entre una escena u otra, pero se percibe claramente que estamos en situaciones diferentes. En segundo lugar, a lo largo de la novela trata de explicar el concepto de ser Justicia de Toren en su totalidad y a su vez que cada parte de ella desarrolle unas características particulares. En concreto, Esk Una se separa del resto porque le gusta cantar, y Breq a su vez es una parte de Esk Una. Es un tema que se desarrolla en todo el libro y que será crucial para entender toda la parte final. También trata otros temas muy interesantes como son la colonización o la obediencia ciega (recordemos que hablamos de un imperio) y me ha parecido muy interesante cómo los hace determinantes en la trama. No solo los menciona, no es una conversación aislada que le sirva de excusa para tratar el tema en concreto, sino que hace de ello una parte importante de los acontecimientos.

Sin embargo, tiene bastantes elementos que me han impedido sumergirme al 100% en la novela. En primer lugar, el narrador elegido, aunque antes lo he puntuado como positivo, tiene también ciertas connotaciones negativas. Al fin y al cabo, es una IA, y la sensación de que es una máquina la que nos está contando lo que sucede está muy bien conseguida. Tanto, que a mí al menos me ha dejado bastante fría. Aunque se trata de humanizar a Breq mediante su afición al canto o la compañía de Seivarden (esa antigua teniente a punto de morir sobre la nieve que mencionaba al principio), la relación entre estos dos personajes me resulta bastante forzada durante gran parte de la novela, aunque al final se resuelve más o menos bien. Leckie utiliza muchos recursos para explicar conceptos complejos, pero a la hora de mostrar los aspectos humanos de Breq se queda un poco parca, y eso se nota.


Otro rasgo que no me ha convencido (y que parecerá una tontería, pero me ha tenido mosca toda la lectura) es la edad del Imperio. Se dice que «Anaander Mianaai había gobernado de forma absolutista el  espacio radchaai durante tres mil años». También que las naves más viejas tenían una edad de tres mil años. Ya no es solo el hecho de que me resulte poco creíble un imperio (por muy espacial que sea) que sobreviva sin apenas oposición durante tanto tiempo, sino que además no parece haber ningún cambio tecnológico durante ese tiempo (y eso fue lo que me desconcertó totalmente). Incluso un personaje que ha sufrido un lapsus de mil años hace notar el cambio en la moda, en el idioma, en la estructura social por pequeña que sea, y no menciona ningún avance tecnológico. La suspensión de la incredulidad, por tanto, se me ha hecho bastante costosa.

Por último, y para no extenderme mucho más, el ritmo me ha parecido bastante irregular. La novela no arranca verdaderamente hasta que hemos pasado un tercio de las páginas (lo cual me parece exigirle demasiado al lector). En un universo que nos resulta ajeno, con unos personajes de los que desconocemos sus motivaciones, Leckie se aventura con conversaciones con un contenido bastante interesante para los temas que trata y la ambientación, pero que no ayudan a avanzar los hechos. De hecho, oculta información premeditadamente al lector y de manera bastante clara, lo cual he descubierto que me molesta bastante porque me ha ocurrido con otras historias anteriormente (quizá otro día explique con exactitud por qué me molesta, ya que es solo en un caso particular). Todo para poder dejar en la trama del pasado (que se va alternando con la del presente capítulo a capítulo) el descubrimiento de la razón por la que Breq dejó de ser Justicia de Toren. Un tercio del libro me parece exagerado para conocer las motivaciones del protagonista (certeras o falsas, pero siguen siendo el motor de la narración), aunque quizá por conocerlas de antemano (gracias a la sinopsis y el prólogo, por supuesto) aún se me ha hecho más largo ese primer tramo en el que apenas había acción.

No obstante, debo decir que Justicia Auxiliar me ha gustado, aunque la cantidad de premios que recibió en su día puede dar unas expectativas demasiado altas. Considero que los puntos positivos (la manera de usar el narrador omnisciente o los temas que trata) son tan interesantes y están lo suficientemente bien empleados como para compensar los puntos negativos, pero requiere de un esfuerzo por parte del lector que entiendo que a algunos no les salga a cuenta. A fin y al cabo, es la primera novela publicada de la autora, los hilos que deja abiertos de cara a la siguiente entrega me han resultado bastante sugestivos y Leckie tiene mucho margen de mejora. Pero acercarse a ella con la consideración de gran obra de la ciencia ficción es en mi opinión lo que más la perjudica.

*Añadido: a raíz de la reseña, Manuel de los Reyes, traductor especializado en género fantástico, me indicó un artículo muy interesante publicado en la revista Supersonic, en el nº 3, y que se puede leer gratuitamente en su avance. En él seis traductores de Justicia Auxiliar a seis lenguas diferentes comentan el reto que supuso el tratamiento del género en esta novela y su adaptación a cada idioma en particular.


Título: Justicia Auxiliar (El imperio del Radch I)
Autor: Ann Leckie
Traductora: Victoria Morera
Editorial: Nova (Ediciones B)
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Año de publicación: 2015
Nº páginas: 416
Precio: 20,00€ / 7,99€ (ebook)



Ann Leckie escribió dos pequeños relatos ambientados en el Radch, uno que transcurre al tiempo que la trilogía (Night's Slow Potion) y otro que explica de dónde proviene un icono que lleva Breq a todas partes (She commands me and I obey).  




Dalayn
Lectora por vocación. (Medio) arquitecta por amor al arte. Soñadora de mundos y hacedora de historias. Escribo porque me hace feliz.

viernes, 16 de septiembre de 2016

~Cine~ Star Trek: Más Allá, o de las grandes franquicias que nunca mueren


Cuando un producto cultural ha adquirido la categoría sentimental de la que goza Star Trek, puede incluso permitirse de vez en cuando relajar la presión sobre lo que sus más acérrimos seguidores esperan ver de ella. Star Trek puede presumir de una muy longeva carrera recorrida en los corazones de todo niño desde los años 60. En su trayecto ha podido presentar la friolera de cinco series de televisión con actores reales y doce películas, sin contar con el amplísimo submundo que componen medios-satélites como los cómics, novelas, videojuegos, etcétera; y en un nivel más oscuro (por sus, ejem, libertades para con el producto original), la dimensión fanfic, en la que mejor no nos introducimos para salvaguardar nuestra cordura.

El caso es que Star Trek hace tiempo que salvó el bache en el que su archienemiga Star Wars se descalabró. Al contar con muchas más películas en su haber, cada una de calidad variable, el producto en cuestión no va a ser idealizado hasta el punto de una decepción de dimensiones astrales del tipo La Amenaza Fantasma. En cualquier caso, J.J. Abrams hizo un buen trabajo en su reboot de la franquicia, enlazando la línea temporal antigua con el aire fresco e innovador de una historia completamente nueva. Mantuvo el factor nostálgico de los fans mientras que abría las puertas del universo Star Trek para las nuevas generaciones.

Debo hablar claro, antes de continuar: aunque no me desagrada lo que he visto, no soy lo que podría considerarse un trekkie. Mi infancia estuvo más marcada por el estreno de las precuelas de Star Wars, y por tanto, no me metí valorar el universo de Roddenberry hasta que no estrenó Abrams su reboot. Sin embargo, como ya he dicho, me gusta, y cada vez que se estrenan las películas, ahí estoy y estaré para verlas en mi adorada sala de cine (lo mismo va por la serie de televisión que se nos aviene).

Como siempre, yo aviso para que no me acuséis de traición por la espalda. Va a haber espoilers. Así que avanzad a vuestra cuenta y riesgo.


No es lo que parece.

La premisa del filme es sencilla: la Enterprise acude a un planeta desde el que hay difícil comunicación con la Flota por una llamada de socorro. Las cosas salen mal y la nave acaba destruida (sorpresón, como en todas las anteriores), dejando a los tripulantes de la susodicha desperdigados. Deben reunirse y unir fuerzas para derrotar a Krall, cuyo odio hacia la Flota Estelar es sólo comparable a lo feo de su maquillaje (muy bien hecho, por cierto. Feo, pero bien hecho). Al final, y sin absolutamente ningún sobresalto, salvan el día y todo está como estaba.

Feo con ganas.

Quizá es el hecho de que el principal objetivo de la trama es el de mantener el status quo, o de que el nudo de la película esté dirigido por escenas dedicadas al desarrollo de personajes, o de que el villano no esté lo suficientemente desarrollado como para que ocupe el grueso del peligro al que se enfrentan, pero la película completa se siente como un capítulo especialmente largo de una serie ci-fi procedimental (es decir, la propia Star Trek). El listón de lo que está en juego, a mi parecer, no está lo suficientemente alto como para justificar una película con la trama propuesta, o simplemente el villano no está a la altura para hacer de Star Trek: Más Allá algo realmente memorable.

¿Qué coño hacemos aquí?

Sin embargo, tampoco soy capaz de decir que es mala. Está repleta de momentos de calidad, personajes nuevos con potencial para el futuro e incontables guiños tanto a las películas de nueva cronología como a la serie antigua que provocan lagrimones en fans y no fans por igual. La presencia del fallecido Nimoy está en cada fotograma, aunque quizá el recuerdo a Anton Yelchin está incluido demasiado de pasada. La acción es ciertamente buena (se nota la mano de Justin Lin), y visualmente es espectacular, como las anteriores.

¿Qué tiene esta gente con poner cosas detrás de las cabezas?

Y sin embargo, aún le falta un paso Más Allá (jo jo jo), algo que nos quite de encima la sensación de estar viendo un capítulo más sin mayor relevancia que la de “es entretenida”. Con todos sus problemas, éste no lo sufría En la Oscuridad, mayormente por la enorme capacidad de Cumberbatch de llenar la pantalla, ni su predecesora inmediata, ya que sus viajes argumentales tenían un destino establecido con importancia.

Pobre Anton.
En definitiva, está bien. No está mal. Fans y no tan fans encontrarán un film entretenido, sin mayores aspiraciones que las de hacer pasar unas buenas dos horas.

Entonces, ¿merece pues un FUCK YES de viajes interestelares? Pues yo diría que un FUCK VALE, BIEN. NO ESTÁ MAL. Vedla en el cine, por supuesto. Si aún la tenéis cerca y podéis.





Charles D.
Filólogo, lingüista, lector irredimible y cinéfilo/seriéfilo empedernido. Digo muchas tonterías en Twitter (@OrdHum). También escribo si me dejo.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Las etiquetas de Schrödinger


¡Hola! Hoy quiero daros mi opinión sobre las etiquetas. Esas etiquetas que son buenas y malas a la vez, que cuando acabas de ponértelas estás tan cómodo y al rato te empieza a picar todo como si hubieras estado limpiando paraguayos todo el d…


«Señora sierpe, ¿de qué está hablando?»

«Pues de etiquetas…»

«…¿de ropa?»

No, no, os explico. ¿No os ha pasado nunca que estáis tan contentos con el último libro que os estáis leyendo hasta que viene alguien y os dice que cuándo vais a leer cosas de verdad y a dejar esas dragonadas para niños? En ese momento haces como que te pica todo y empiezas a rascarte con tal de no soltarle alguna bofetada a tu interlocutor, o como mínimo, a morderte la lengua.

Sin embargo, ¿son las etiquetas las culpables de este tipo de comportamientos? ¿Si dejaran de existir podríamos dejar de  hacer incisos para que nadie pueda insinuar que estamos opinando negativamente sobre la literatura juvenil? Obviamente no. No solo es una necesidad de librerías y editoriales, sino también del consumidor. Cada uno tenemos nuestros gustos y preferencias y nos gusta saber en qué nos estemos gastando el dinero. Ir a comprar un libro es mucho más satisfactorio cuando hay un rincón dedicado a nuestro género predilecto (o quién no se ha quedado embobado en la sección de fantasía y ciencia ficción, ¿eh?). Y si no nos importa el género, lo único que tenemos que hacer es hacer caso omiso de las etiquetas, elegir un libro aleatoriamente o pedirle recomendaciones a nuestro librero (o cerrar los ojos y dar vueltas con el dedo señalando, aunque entonces las probabilidades de que nos toque 50 sombras de Grey pueden subir peligrosamente).

Entonces, las etiquetas son buenas, son necesarias. ¿Mi opinión? Sí y no. Creo que su bondad o maldad depende del uso que les demos (como todo en esta vida, vaya). En narrativa hay (que yo recuerde ahora mismo) dos clasificaciones principales: por géneros y por edades (sí, la literatura juvenil no es un género, válgame Dios). Por edades tenemos la infantil, la juvenil (subdivididas ambas por rangos de edad) y la adulta; por géneros, policíaca, terror, aventuras, histórica, de fantasía, ciencia ficción, erótica, etc. Y cada uno de estos géneros tiene diversos subgéneros (igual que las edades tienen diferentes rangos). Hasta ahí todo correcto.

Todo correcto hasta que te encuentras esto y la cabeza te explota XD

Creo que esta es una clasificación muy útil. Vamos a nuestra librería más cercana y le decimos a la señora librera (que antes ha sido librero, así variamos) que queremos un libro juvenil a partir de los 15 años y que sea de aventuras. Y la señora librera (si sois educados y lleváis dinero encima, aunque no sea en efectivo) os lo vende. Todo perfecto. Ahora bien, como vayamos y le digamos a la señora librera que queremos un libro juvenil a partir de los 15 años, que sea de aventuras, que no haya sangre, que haya romance pero que no tenga sexo, que el protagonista sea un chico pero que no sea machista, que no se digan palabrotas, que esté ambientado en el presente pero que nadie se salte las clases para vivir esas aventuras, que los padres del villano sean muy religiosos y que el vecino no tenga un gato de mascota… no sé, a lo mejor la librera nos dice que por qué no escribimos nosotros ese libro (bueno, no nos lo dirá, pero lo pensará seguro y acabará dándonos una adaptación de la Biblia para niños). No podemos hacer de cada elemento narrativo una etiqueta. No podemos catalogar cada escena de una novela como un subgénero en sí. No podemos hacer que cada libro sea un subgénero en sí mismo, porque entonces, ¿qué clasificación estamos haciendo? (Todo esto viene por este artículo que compartió hace unas semanas Selene M. Pascual, donde la sobreprotección a la juventud empieza a dar verdadero miedo, pero de eso hablaré más abajo).

A veces ya nos cuesta catalogar una obra que aúna varios subgéneros (como un thriller cyberpunk. ¿Lo clasificamos según la cantidad de thriller y cyberpunk que tenga? Qué complicado cuando lo primero tiene que ver con la trama y lo segundo con la ambientación). Y por eso precisamente es ABSURDO juzgar un libro únicamente por la placa que haya en la estantería donde lo han colocado (haters del género fantástico o de la literatura juvenil, os estoy mirando). Porque los géneros no son estructuras cerradas de donde el escritor no puede salirse, sino que se alimentan unos de otros para conformar historias nuevas y originales. Hijos del dios binario, Switch in the red, El dios asesinado en el servicio de caballeros, son ejemplos de novelas recientes que podrían estar en varias estanterías diferentes y no nos estarían engañando. Así que, dado la cantidad de géneros que hay y la cantidad de combinaciones que puede hacerse con ellos, ¿tiene sentido hacer una placa para cada posibilidad? Desde mi punto de vista, no. Para eso ya hay otros filtros: portada y sinopsis son el primero, lo que sepa el librero es otra muy buena opción y gracias a la existencia de internet tenemos acceso a reseñas de todo tipo y de toda opinión, tanto desde un buscador cualquiera (no sé si el Bing que os instalasteis sin querer al bajar la apk de Pokemon servirá) como de Goodreads. Solo requiere un pequeño esfuerzo e interés por nuestra parte.

O podéis lanzaros a la aventura sin ningún filtro, ¿qué os parece?

Ahora bien, ¿y el escritor? ¿Puede beneficiarse de las etiquetas a la hora de escribir? Bueno, aquí la respuesta por mi parte tampoco va a ser ni positiva ni negativa. Cuando uno escribe, creo que tiene bastante claro si está escribiendo novela negra o erótica (o una mezcla de ambas). Este conocimiento le permite estudiar obras que pertenezcan a esos géneros para reconocer sus patrones, sus elementos comunes, sus tópicos, su tratamiento de cierto tipo de escenas, y de ellos poder evolucionar, retorcerlos y modificarlos al gusto para hacer algo completamente distinto (o seguir la misma tónica, eso va al gusto del escritor). También le permite lanzarse a por un género (o subgénero) que esté teniendo bastante éxito en la actualidad (lo cual también va al gusto del escritor, en eso no me voy a meter). También tiene claro si se quiere dirigir a un público adulto, a otro más joven, o si sus historias van dirigidas a niños. De ello depende en gran medida la extensión, el tono y la variedad de vocabulario utilizado. Así pues, antes de ponerse a escribir, el escritor es (o debería ser) consciente, como mínimo, de a qué público irá dirigida su historia, y por supuesto, también del género (aunque no haya leído previamente nada de él, que uno no se pone a escribir cifi y se da cuenta al final de que es una novela histórica lo que ha parido).

¿Problema? El mismo que tiene el lector: la lectura que se le dé a la etiqueta correspondiente. Según veo, esto ocurre sobre todo en la clasificación por edades. Hay periodos con modas y corrientes que dejan en los lectores una concepción sobre cómo debería ser cierto tipo de literatura. El esquema tolkieniano se ha repetido hasta la saciedad, y en un momento dado parecía que la fantasía solo estaba compuesta por mundos inventados habitados por elfos, enanos, medianos, dragones, orcos y un sinfín de criaturas imaginarias además de los humanos. Algunos hoy en día aún tienen esa concepción, de ahí que a según quién aún le parezca que la fantasía son «dragonadas». La literatura juvenil, por otro lado, ha estado poblada estos últimos años de romances (tóxicos en muchos casos), triángulos amorosos, vampiros (con purpurina), tramas con un único hilo conductor, narraciones en primera persona (y también en presente). Así que tenemos un pensamiento generalizado de que una novela juvenil tiene que tener romance con triángulo amoroso incluido (que si no es que no tiene miguilla, vaya por Dios), una heroína que salva al mundo (y a ser posible con mala leche, para que sea fuerte e independiente) y estar narrado, al menos, en primera persona. Y con drama gratuito para que el lector tenga pena de todos los personajes (hasta del maltratador). Visto así, no es de extrañar que algunos hayan salido por patas ante tal despropósito, aunque por supuesto esto no sea más que la cúspide de un gran iceberg formado por muchas otras historias que no cumplen estos requisitos.

Las modas valen hasta para las portadas, así se pueden identificar fácilmente.

Yéndonos a una visión más amplia, podríamos decir que la base de la literatura juvenil estaba en trama y lenguaje sencillos, violencia pero sin llegar a ser gore, poco sexo o ninguno (y por supuesto, nada explícito, todo fundido en negro)  y romance (porque es un tema que puede interesar a los jóvenes). Bueno, en primer lugar habría que hacer una diferenciación por edades (una persona con 11 años no te pide lo mismo que una con 16). Y en segundo lugar, y yéndome directa al young adult, ¿realmente es necesario que el romance sea algo principal en la trama? ¿No hay otros temas que puedan interesar a los jóvenes que merezcan estar en primer lugar dejando el romance en un segundo plano? ¿Nos están diciendo que el sexo no interesa al público al que va dirigido el young adult? ¿Insinúan que un adolescente con 16 años puede leer Cien años de soledad, La casa de Bernarda Alba, Los santos inocentes, y necesita una trama sencilla para entender la historia?

Yo leí Los hijos de la Tierra con 14 años y Canción de hielo y fuego con 15, que vengan a decirme que no puedo leer sobre sexo, violencia, o que no me entero si el número de tramas no se reducen al mínimo. A veces me da la sensación de que tomamos a los adolescentes por estúpidos. O de que la sobreprotección ha llegado a tales extremos que parece que queremos mantener a nuestros hijos en formol hasta que encuentren trabajo. Ahora no sé cómo andará el asunto, pero hace unos 10 años, las «clases sobre sexualidad» se daban a partir de los 13-14 años, tenía compañeros que fumaban también desde casi esa edad, y amigas cuya diversión a los 15 años ya era hacer botellón hasta que el cuerpo aguantara (lo supieran sus padres o no). Los niños tienen una madurez mayor de la que estamos dispuestos a admitir, los subestimamos, les damos retos por debajo de sus posibilidades para que los pasen con holgura y no se depriman (aunque nunca lleguen a descubrir sus límites). Seamos sinceros, no va a dejar de haber libros que cumplan estos requisitos sobreprotectores, pero los escritores no deberían quedarse con eso. Deberían mirar más allá, reducir aún más esa etiqueta y quedarse con lo esencial: lenguaje asequible para la edad, violencia sin llegar a ser excesivamente explícita o traumática y sexo, sin entrar en detalles.

Sin entrar en calidad literaria, en Harry Potter había violencia, muertes (algunas traumáticas), nada de sexo, algo de romance y, sobre todo, AMISTAD.

Resumiendo, considero que para escribir no podemos dejar de lado las etiquetas, porque condicionan algunos de los aspectos de la novela. Pero si dejamos de ir a lo básico y ampliamos la definición de lo que estamos escribiendo corremos el peligro de seguir un patrón que se ha establecido en un momento dado y al que no tendríamos por qué ceñirnos, ya que lo esencial es mucho más simple y da mucho más juego a la hora de escribir. Con el tono y la extensión propias para la edad a la que va dirigida la novela, deberíamos ser capaces de conformar una historia, porque las anteriores ya son restricciones suficientes que nos acotan la complejidad que puede llegar a tener.

En conclusión, mi opinión es que las etiquetas son una buena herramienta, no solo a la hora de distribuir a las librerías y a la hora de catalogar las novelas, sino que también ayudan tanto a lectores como a escritores a situarse. Ahora bien, hay un mal uso de las mismas en cuanto a que abusamos de ellas, queriendo etiquetar más de la cuenta y perdiendo por tanto su utilidad, que se basa en una sencilla localización de una serie de aspectos básicos. Los aspectos concretos de cada novela deberíamos buscarlos en otro sitio. También les damos un mal uso cuando las dotamos de características que a priori no tienen, sino que son pormenorizaciones que suelen afectar a un género en un periodo concreto, ya que nos restringen tanto a la hora de escribir como de buscar originalidad en nuestras lecturas.

Así pues, ¿etiquetas sí o no? Pues por mí sí, pero moderadamente y usándolas como una guía y no como un credo o unas normas que seguir al pie de la letra.





Dalayn
Lectora por vocación. (Medio) arquitecta por amor al arte. Soñadora de mundos y hacedora de historias. Escribo porque me hace feliz.

viernes, 9 de septiembre de 2016

~Cine~ "BABADOOK", o de que no hay Mal que por bien no venga.

DOOK DOOK DOOK

Es de todos bien sabido que el panorama de cine de terror en los últimos treinta años no ha sido halagüeño en lo que a calidad cinematográfica se refiere. Con alguna honrosa excepción, la amplia mayoría de los títulos que pretenden asaltar la taquilla no son sino burdos intentos de emular hasta la más aburrida exactitud fórmulas que sí que revolucionaron el mercado cinéfilo con anterioridad. Vale más un ejemplo que mil descripciones, ¿no? Véase, si empezamos desde los prehistóricos años sesenta/setenta/ochenta, La Matanza de Texas, Viernes 13, Halloween o Pesadilla en Elm Street, y si nos acercamos más a la época actual, podemos observar con horror la fruición del género slasher con Scream o Sé lo que hicisteis el último verano y más recientemente las millones de secuelas de Saw, Paranormal Activity y más derivados dignos de serie B.

Sin embargo, y por suerte para nosotros los incansables buscadores de calidad en el cine, surgen de cuando en cuando experimentadores valientes cuyo producto traspasa las barreras del estiramiento de chicle, al ser su fórmula intrínsecamente única y difícilmente reproducible en decenas de secuelas. Podría hablar largo y tendido sobre alguna de estas pequeñas joyas que han sobrevivido a la codiciosa mano de Hollywood manteniendo su legado intacto, pero para el propósito que nos atañe, me voy a centrar en la que os traigo hoy.

Aviso antes de comenzar: va a haber espoilers gordos gordísimos como para parar un obús en plena trayectoria. Continuad leyendo a vuestra cuenta y riesgo.

Representación gráfica de espoiler.

Babadook, a simple vista, podría dar la impresión de que trata de un libro demoníaco cuyo espíritu se libera tras leerlo (al más puro estilo The Ring pero en menos moderno) y que se dedica a torturar a una pobre viuda y a su hijo por el simple hecho de ser El Mal.

He escuchado críticas muy polarizadas con respecto a esta maravilla de película (creo que queda patente en qué polo me sitúo). Lo cierto es que, o la amas hasta el Fin de los Tiempos o la odias por ser Vaya Rollo de Película que Meh. Ciertamente, si al sentarnos a verla esperamos (y queremos) ver la película descrita en la sinopsis que he hecho arriba, la decepción será vuestra más fiel compañera. Los que deseábamos encontrar algo diferente en el tratamiento de la temática, que además resulta verdaderamente terrorífico, podemos encontrar en Babadook una puerta a la esperanza de que el género es capaz de realizar un producto de calidad.

Holi.
Evidentemente, Babadook no es una película de miedo al uso. No depende de los sobresaltos ni del volumen del televisor para generar constricción en nuestras entrañas. Apela a nuestro más primario sentimiento humano con la intención de causarnos un malestar continuado por el simple hecho de existir. Me explico de la mejor manera posible: cómo he percibido yo el sentido de la película. Lo llamaré La Sinopsis de Verdad de la Buena.

No hay bichos malos por aquí.

El filme comienza con una mujer (Amelia), escritora de libros infantiles (importante), a punto de dar a luz, sentada en el asiento del copiloto de un coche que conduce su marido, camino del hospital. Un accidente con el automóvil causa la muerte de su esposo. Años después, el niño (Sam) crece con evidentes problemas de conducta y socialización. Nadie soporta al niño. Ni su propia tía. Mientras, Amelia vive en una perpetua depresión causada por la soledad y por no haber podido superar la muerte de su marido. El cumpleaños de su hijo lo celebra otro día por coincidir con tan dolorosa fecha, y no soporta que pronuncien el nombre de su marido. Ya no intenta escribir y se ciñe a su trabajo como enfermera en un asilo para ancianos. Cualquier intento de hacer su vida avanzar (dícese, buscar alguna otra relación) se ve frustrado por la actitud del propio Sam, cuyos problemas mentales son cada vez más evidentes y problemáticos. Una noche, el niño le pide que le lea un cuento que acaba de encontrar en la estantería: Mr. Babadook. Al empezar a leerlo en voz alta, Amelia se da cuenta de que el libro en cuestión no ofrece un mensaje constructivo para los niños, sino que promete al lector causarle la más terrible muerte.

Lectura de sobremesa.

A partir de este momento, Sam, que ya de por sí mostraba una tendencia peligrosa a querer luchar contra monstruos, comienza a obsesionarse con el Babadook, insistiendo en su existencia. Dicho comportamiento no hace más que añadir más leña al fuego de la desesperación de Amelia, que comienza negándolo todo pero que conforme su ánimo se debilita y se vuelve más vulnerable, la histeria de su hijo acaba por apoderarse de ella. Al final, el Babadook la posee y ésta intenta matar a Sam (la fuente de todos sus problemas) tras acabar con la vida de su perro. El Babadook no es vencido hasta que Amelia no es capaz de superar la muerte de su marido y aceptar a su hijo como su legado, y no como su problema.

Que no hay biiiiichos. Pesao.

Lo que de verdad hace esta película diferente es que el enemigo a batir no proviene de una fuente fantástica, esotérica o demoníaca, ni siquiera de un asesino en serie. No hay una manifestación física a la que echar la culpa de lo malo que ocurre, ni tampoco hay consuelo por saber «que no existe». El miedo atroz que provoca el Babadook es muy parecido al que sentí cuando leí El Señor de las Moscas (gran, grandísima obra, por cierto, que todo el mundo debe leer sin falta). El ente contra el que se lucha en Babadook no es otro que el mismísimo Mal que habita en todos nosotros. Y no hablo del Mal como algo externo que nos posee, sino como aquellos pensamientos que inmediatamente apartamos de nuestras cabezas por lo horrible que sería que lo llevásemos a cabo. En el caso de Amelia, su Mal es que en el fondo odia a su propio hijo, puesto que para ella él es el culpable de que su marido le haya sido arrebatado. Y no contento con eso, el niño hace lo imposible por hacerse de odiar y frustrar cualquier intento de vivir la vida miserable que ella misma se ha impuesto. Su debilidad mental hace que ese Mal que se esfuerza en reprimir tome la forma del Babadook (que, por cierto, mi teoría es que ella misma lo escribe pero como está volviéndose loca no lo recuerda) hasta que acaba tomado el control de su vida.

El Putoniño.
¿Quién no ha tenido pensamientos asesinos alguna vez en su vida? «Pero yo nunca lo haría», me diréis. Mi respuesta es: Amelia también pensaba eso. Sin embargo, ¿podéis asegurar que en un momento de extrema debilidad anímica no se os vaya a ir el tornillo derecho hasta el punto de comenzar una masacre de carácter mundial? De ahí el verdadero miedo. Miedo que no necesita de sustos, ni de gore, ni de bichos feos. Terror con mayúsculas, con Q de calidad y con estrella Michelín.

¿Te ha gustado la cena? Por cierto, quiero matarte.

¿Merece entonces un FUCKING FUCK YES QUE TE RETUERZA LAS ENTRAÑAS? Pues FUCK FUCKING YES, todos los que hagan falta. Sobre todo si lo que buscáis es un título del género de terror distinto, con unos personajes bien perfilados y una trama que implica pensar más allá del mata-mata.




Charles D.
Filólogo, lingüista, lector irredimible y cinéfilo/seriéfilo empedernido. Digo muchas tonterías en Twitter (@OrdHum). También escribo si me dejo.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

~Reseña~ El camino de los reyes, o la senda a la nueva épica




En Roshar, un mundo de piedra y tormentas, extrañas tempestades de increíble potencia barren el rocoso territorio de tal manera que han dado forma a una nueva civilización escondida. Han pasado siglos desde la caída de las diez órdenes consagradas conocidas como los Caballeros Radiantes, pero sus espadas y armaduras aún permanecen.

En las Llanuras Quebradas se libra una guerra sin sentido. Kaladin ha sido sometido a la esclavitud, mientras diez ejércitos luchan por separado contra un solo enemigo. El comandante de uno de los otros ejércitos, el señor Dalinar, se siente fascinado por un antiguo texto llamado El camino de los reyes. Mientras tanto, al otro lado del océano, su eminente y hereje sobrina, Jasnah Kholin, forma a su discípula, la joven Shallan, quien investigará los secretos de los Caballeros Radiantes y la verdadera causa de la guerra.

Sin duda, El Archivo de las Tormentas, la saga que inicia esta novela de la cual voy a hablar largo y tendido (advertidos estáis), es la obra maestra de Brandon Sanderson. Supura dedicación en cada escena, rezuma planificación en cada párrafo. Más de una década de trabajo (y lo que queda) para un universo que, me atrevo a apostar, se comparará con la Tierra Media de Tolkien o el Poniente de George R.R. Martin. Si todo sale bien, claro, aunque tengo una confianza total en su autor. Pero diez libros son diez libros, y si cada uno tiene 400.000 palabras y unas 1200 páginas, cualquier cosa es posible. Sin embargo, si en una única novela consigue dar estas sensaciones, qué no conseguirá con el resto.

Pero comencemos por el principio, porque ¿de qué va El camino de los reyes? En la sinopsis se habla de una guerra, de la esclavitud, de un libro, de una investigación. Acciones, hechos. Al fin y al cabo, ¿la épica no va de eso? De actos heroicos, grandes batallas, la lucha del bien contra el mal. Pues me atrevería a decir que en esta novela hay mucho más. Sí, hay actos heroicos, hay grandes batallas y hay una lucha… ¿del bien contra el mal? No está tan claro. Lo que se anuncia desde el principio es la llegada de la Última Desolación, aquella que acabará con toda la humanidad… pero no se sabe en qué consiste, ni qué es, pues las Desolaciones y la lucha de los Radiantes contra los Portadores del Vacío ocurrieron hace miles de años y ahora solo son leyendas. Lo que significan y lo que conllevan se irá descubriendo poco a poco en los sucesivos volúmenes de esta saga.

El camino de los reyes es, más allá de los acontecimientos, una novela de personajes. Va del descubrimiento de uno mismo, de principio a fin. De intentar encontrar el camino entre las adversidades que la vida va interponiendo. De equivocarse, de rectificar, de aprender. Creo que eso es aplicable a la mayoría de personajes principales: Dalinar, Kaladin, Shallan, Jasnah. Todos ellos van evolucionando poco a poco; Sanderson se ha tomado su tiempo para hacer que ese crecimiento personal sea constante y creíble. No obstante, me da la sensación de que los personajes femeninos son mucho más redondos que los masculinos, al menos en esta novela; tienen más claroscuros, más cosas reprochables, mientras que Kaladin o Dalinar son personajes honorables hasta la médula. Eso tampoco los hace aburridos, ya que el autor les ha otorgado una cualidad inherente en el ser humano que algunas sagas épicas habían olvidado: el cuestionarse continuamente sobre si lo que haces es o no correcto, sobre quién eres en realidad. Tampoco faltan los personajes secundarios, algunos muy interesantes como Szeth, Taravangian, Navani, Sadeas o Syl, todos ellos con personalidades, objetivos y posibilidades muy diferentes con muchos datos que desconocemos y que no descarto que pasen a ser más protagonistas en futuros libros.

La maravillosa Sylphrena dibujada por Marina Vidal

Pero si hay un personaje que destaque por encima de los demás, ese es sin duda Roshar. El mundo donde está ambientado El Archivo de las Tormentas no se puede relegar a la mera clasificación de «escenario». Es un personaje en sí mismo, el gran protagonista de este inicio de saga. Y no deja de ser, quizá, tanto una de sus grandes virtudes como uno de sus pocos defectos. Roshar es un mundo que a mí al menos me recuerda a un fondo marino elevado a la superficie: animales con concha, anguilas aéreas, pequeños bichitos que se mimetizan con la roca, vegetales que se abren cuando llueve o que se repliegan cuando caminas sobre ellos. Un mundo vivo asolado continuamente por peligrosas tormentas procedentes del este y que toman una parte importante en la cultura y religión de los habitantes de este gran universo. El worldbuilding fascina desde el primer instante; Sanderson no deja nada al azar y nos muestra distintos lugares con culturas y modas tan dispares como en nuestro propio mundo. Sin embargo, a veces la descripción de la atmósfera está tan por delante de la acción que acabas pensando si no es pura construcción de mundo en realidad lo que te está mostrando.

Y es que El camino de los reyes tiene un ritmo constante pero al que creo que no estamos acostumbrados. Empieza con mucha fuerza, las páginas te absorben, pero luego hay una calma con cierta tensión sostenida que se alarga durante cientos de páginas hasta la parte final del libro. No es que sea aburrido, siempre están ocurriendo cosas, siempre hay información y la historia va avanzando, pero no a un ritmo al que estemos habituados. Como he dicho antes, el autor se toma su tiempo para mostrarnos la evolución de los personajes, con todos sus pensamientos y razonamientos que los llevan a tomar una decisión u otra. Eso no es bueno ni malo per se, quizá en la actualidad sea más corriente encontrar estas cavilaciones más resumidas, descripciones menos extensas, todo condensado para que el ritmo sea trepidante. Pero Sanderson no tiene prisas, prefiere que conozcamos a los personajes a fondo, que nos adentremos en su psique, que veamos su humanidad de la manera más cercana que nos sea posible. No son grandes cliffhangers los que nos arrastran a leer capítulo tras capítulo, sino todo aquello que nos está velado, las múltiples pistas, los secretos a medias, las mil cosas que no sabemos del pasado ni del futuro de Roshar, lo que les depara a unos personajes con los que, al menos yo, no he podido evitar conectar.

Como para no conectar con Kaladin... ya me entendéis ;)

¡Hay tanta información oculta! Las mismas citas que aparecen al principio de la mayoría de capítulos son algo muy a tener en cuenta, no solo para la historia, sino para el Cosmere en general. Y es que no hay que olvidar que El Archivo de las Tormentas se engloba dentro de este gran universo, por lo que hay que estar atento ante cualquier mención de elementos como el Adonalsium o las Esquirlas y cierto personaje asiduo de las historias del Cosmere

No niego que al principio sea todo abrumador, quizá también por eso Sanderson se toma su tiempo: para que el lector se asiente con comodidad en esta tierra desconocida antes de despegar del todo hacia un final que da apellido al género de esta novela: ÉPICO. Así, con mayúsculas y lucecitas de neón. Es un libro que se disfruta de principio a fin y que sin llegar a cortar la acción te deja con suficientes incógnitas como para querer seguir leyendo otras 1200 páginas.

Como veis apenas puedo ponerle peros al inicio de una saga que me ha enamorado y que sin duda se convertirá en una de mis favoritas. El único gran defecto (además del tema del worldbuilding, que puede ser excesivo para algunos) es la ingente cantidad de erratas de las que está plagado el libro. La edición es preciosa y vale lo que cuesta, pero es difícil no pensar mientras lo lees que en el precio al parecer no iba incluido el corrector. El camino de los reyes lo reeditaron el año pasado para unificar términos del Cosmere, pero parece que los derechos sobre la edición original (en castellano) no nos permiten (de momento) disfrutar como se merece de esta obra, lo cual es una auténtica pena.

Mapa de Isaac Stewart

Aun así, es una historia que recomiendo enormemente. A mí me fascinó en muy pocas páginas, de una manera muy parecida a como lo hizo Juego de tronos hace 10 años (y por mucho que sea la segunda vez que menciono la saga de Martin os aseguro que no tienen nada que ver). Lo que deja entrever El camino de los reyes es que sin duda esta historia es algo muy grande (y no solo en tamaño), digno de contar en diez volúmenes o los que al escritor le hagan falta, y con la confianza que da saber que Sanderson tiene una ciudad de gnomos bajo su casa que le escriben los libros día y noche y que le permiten mantener un ritmo de publicación que asusta. Así pues, Palabras Radiantes ya está en castellano, y Oathbringer (título provisional del 3º volumen) será publicado en 2017. Y mientras tanto, hay muchísimo Sanderson por descubrir.


Título: El camino de los reyes (El archivo de las tormentas I)
Autor: Brandon Sanderson
Traductor: Rafael Marín Trechera
Editorial: Nova (Ediciones B)
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Año de publicación: 2015
Nº páginas: 1198
Precio: 33,00€ / 7,99€ (ebook)





Dalayn
Lectora por vocación. (Medio) arquitecta por amor al arte. Soñadora de mundos y hacedora de historias. Escribo porque me hace feliz.